Lectores consumados e incipientes siguieron las huellas de Sergio Pitol

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Redacción.- Junto a nutrido grupo de lectores, Juan Arturo Torres Olguín y su primogénito Juan Arturo Torres Abarca, de 48 y 16 años, respectivamente, siguieron este domingo las profundas huellas que el escritor y diplomático Sergio Pitol Deméneghi (Puebla, 1933-Veracruz, 2018) dejó para la posteridad en esta ciudad.

Eso fue posible debido a que por la módica cooperación de 20 pesos fueron parte del contingente de un paseo cultural dentro del ciclo “Visitas literarias”.

Este día tocó el turno de conocer al autor de los celebrados libros de cuentos “Tiempo cercado” (1959), “Del encuentro nupcial” (1970), “Nocturno de Bujara” (1981) y “Un largo viaje” (1999), entre otros.

El recorrido lo ofreció Carina Víquez, especialista de la Coordinación Nacional de Literatura (NCL), quien estudió Letras en la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) unidad Iztapalapa, y como Miembro Adherente de la Asociación Oficial de Cronistas de la Ciudad de México supo guiar de forma amena al grupo.

De entrada se informó que el recorrido se inscribiría en el marco de las actividades que la CNL realiza a manera de homenaje nacional al escritor mexicano.

Víquez acordó que el punto de encuentro con los lectores, consumados o incipientes, sería este domingo a las 10:00 horas frente a la sólida puerta frontal del Palacio de Bellas Artes.

Hasta la entrada principal del edificio de mármol llegaron los interesados y el paseo dio inicio. “Cuando llegó a esta capital (1949) Sergio Pitol tenía 16 años. Rodolfo Usigli daba clases en la escuela de Mascarones y Alfonso Reyes charlas en El Colegio Nacional; eran los últimos días del viejo barrio universitario antes de ser trasladado al sur de la ciudad”.

Lejos estaba el joven Pitol de imaginar que llegaría a ser el célebre autor de las novelas “El tañido de una flauta (1972), “El desfile del amor” (1984), “Juegos florales” (1985), “Domar a la divina garza” (1988) y “La vida conyugal” (1991), ésta última llevada a la pantalla cinematográfica, dijo la especialista.

Carina Víquez explicó que parte de su infancia, su llegada a la Ciudad de México y, sobre todo, su vida relacionada con parte de la historia del barrio universitario, maestros, amigos, calles y edificios que frecuentaba son aspectos de capital importancia dentro de la vida de ese autor mexicano, por lo que datos referentes a esas etapas forman parte del recorrido.

El periplo inició en el Palacio de Bellas Artes porque Pitol contaba que lo primero que hizo al llegar a la capital fue visitar la exposición “Diego Rivera. 50 años de su labor artística” que se inauguró en 1949 y que, según se comenta, ha sido la más muestra grande y completa de cuantas exposiciones individuales se hayan realizado en este país.

Para Pitol la pintura fue esencial en su vida y obra, pues, narraba él mismo, algún cuadro de los artistas Vermeer o de Monet le ayudaba a resolver alguna situación narrativa.

“Aquella visita significó el inicio de la incesante vida cultural de Sergio Pitol”, mencionó la cronista, quien también habló de la Librería de Cristal, que hoy en día no existe.

Ese lugar era un proyecto en el que participó Rafael Giménez y como editor pidió a Pitol su primera biografía, cuando tenía 33 años. Tras pasar por el Palacio de Minería se recorrió la calle 5 de mayo por donde Sergio solía caminar y se llegó a El Colegio Nacional y la Antigua Escuela de Jurisprudencia en la calle República de Argentina, donde Sergio estudió Derecho.

La especialista Carina Víquez, quien ha escrito prólogos y biografías de personajes como Fidel Castro, había recomendado a quienes participaron en el recorrido “Sergio Pitol en el barrio universitario del Centro Histórico” leer “Sergio Pitol, Memoria 1933-1966”, “Una autobiografía soterrada” y ver la película “El rebozo de Soledad”, de Roberto Gavaldón (1952).

Comentó que Pitol llegó a la capital en esa época y estudió en el centro de la ciudad; eran los últimos años de vida del barrio universitario antes de llevarlo al sur. “En una escena se aprecia el ambiente, la gente y, al fondo, la Torre Latinoamericana en construcción, mientras uno de los protagonistas, Arturo de Córdoba, reflexiona sobre su vida”.

Además el recorrido inició justo en la entrada del Palacio de Bellas Artes, que es desde donde la cámara tomó la escena antes descrita.

“Hablar de la película, del Palacio de Bellas Artes, del barrio universitario, es una forma de plasmar y retomar en este recorrido la frase favorita de Sergio Pitol: ‘Todo está en todo’, y así parece ser”, externó la experta.

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