Morena y PAN, aliados del PRI

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• Rafael Pérez Cárdenas

 Imposible de impedir, los tiempos sistema político mexicano marcan al Quinto Informe de Gobierno como el inicio formal de la sucesión Presidencial. Ha sucedido durante el régimen priista y se mantuvo durante los dos gobiernos del PAN. Este informe marca el ocaso de un gobierno y el inicio del siguiente.

Es por eso que, una vez que el Presidente entregue a la Cámara de Diputados su Informe el próximo viernes y se realice el acto protocolario al día siguiente, la bufalada de todos los partidos saldrá en tropel en pos de la elección presidencial.

Hasta ahora, las posibilidades de que el PRI conserve la Presidencia, al menos en el imaginario de muchos analistas políticos, siguen siendo reducidas. El inusitado crecimiento de Morena en sólo seis años –que lo ha llevado a ser la primera fuerza política en la capital del país, y tener representación legislativa y de gobierno municipal en muchas regiones del país-, y el pragmatismo con que el PAN y el PRD han formalizado en alianzas que le han redituado varias gubernaturas, parecieran ser argumentos sólidos para extender carta de defunción al tricolor.

A ello hay que sumarle el desprestigio de una administración federal marcada por la corrupción propia y la exacerbada tolerancia a la ajena. Ha pesado más la complicidad que la justicia.

Pero resulta que los astros y la crisis al interior de los partidos políticos empiezan a alinearse a favor del tricolor. La ruptura –esa misma que pronosticaron al PRI durante su Asamblea Nacional- al interior del PAN y Morena es inevitable. El escándalo sobre el enriquecimiento de la familia política de Ricardo Anaya y la imposición de Claudia Sheinbaum como eventual candidata de Morena al gobierno de la Ciudad de México han abierto heridas profundas que no sanarán de aquí a la elección.

Hay que recordar que Anaya fue el chico maravilla de la pasada Legislatura, la primera de Peña Nieto, la de las reformas estructurales. En ese tiempo, todos los reflectores eran de él; representaba a una nueva clase política, joven, preparada, con un discurso convincente. Pero como en política nada es gratis, el gobierno supo pagar los buenos oficios de Anaya para sacar las reformas adelante, y desde entonces, siguió las huellas de él, de su familia y de su dinero… para cuando fuera necesario. Y lo fue.

La presidencia de la Cámara de Diputados llevó a Anaya a la Presidencia del Partido Acción Nacional, y esta a su vez, lo colocó como el más fuerte aspirante a candidato presidencial, luego del crecimiento del panismo en los últimos años. Hasta que la historia y sus antiguos aliados lo alcanzaron.

Hoy utiliza al PAN ya no como la plataforma para alcanzar la candidatura sino para defender de las acusaciones de enriquecimiento. La vida de lujos de su familia en Estados Unidos no había caído nada bien, ni a los panistas ni a la gente que vive miserablemente en este país. Quiso lavarse la cara trayendo a sus hijos a estudiar en México, pero le tenían reservada la información que todos conocemos.

Los cuadros del PAN lo empiezan a abandonar. Hasta Roberto Gil Zuarth ha tomado distancia y lo acusa de utilizar al partido para hacer una defensa personal. De manera inteligente, Margarita Zavala ha dejado que el desprestigio manche a su contrincante, lo que fortalece sus posibilidades, pero al mismo tiempo, impulsa una ruptura interior sin precedentes.

En la otra esquina, la de Morena, el rompimiento no tiene un origen en la corrupción sino en la imposición. Cuando todos daban por hecho que Ricardo Monreal sería el candidato de ese partido al gobierno de la Ciudad de México, López Obrador reclamó su patente de corso y decidió que lo fuera una antigua e incondicional colaboradora: Claudia Shienbaum

Como al Cruz Azul, al Peje suelen sacarle los juegos en el último tiro de esquina, para después echarle la culpa al árbitro.

La gran diferencia entre Peña Nieto y López Obrador –es la honestidad, gritarán entusiastas las huestes pejistas-, es la lectura que han hecho de la ruta que les lleve a la Presidencia. Mientras que hace seis años, Peña Nieto entendió que imponer a Alfredo del Mazo y sacrificar a Eruviel Avila tendría un costo político y electoral muy alto, a López Obrador parece no importarle pagar por el costoso capricho de imponer a Sheinbaum, en lugar de Monreal, quien sí le asegura una triunfo indiscutible en la ciudad de México, como lo hizo Eruviel Ávila  aquélla vez en el estado de México.

Quitar a Monreal del camino demuestra que no quiere más figuras en torno de él. Primero se deshizo de Marcelo Ebrard, luego rompió con Miguel Ángel Mancera y ahora se enfrenta a uno de sus cuadros más sólidos. López Obrador supone que si pierde la ciudad de México, también pierde el control de Morena, como le sucedió con el PRD. Así que apuesta a mantener su franquicia aunque eso, en muy corto plazo, le cuesta la Presidencia de la República.

La respuesta de Monreal es de pronóstico reservado. Por lo pronto, muchas huestes morenistas le han manifestado su apoyo y él dice que “hará lo que la gente del diga”. ¿Incluida la rebelión? ¿Su renuncia a Morena? ¿Movimiento Ciudadano gobernando la Ciudad de México? Muy pronto lo sabremos.

En este escenario de rupturas, el PRI parece avanzar silenciosamente. Tanto panistas –y el perredismo aliado- como Morena, apostaban a una rompimiento en el PRI, entre los tecnócratas que arropan al Presidente y los políticos de la nomenclatura encabezados por Manlio Fabio Beltrones. No sucedió así, y ahora la crisis está en la casa de enfrente. PAN y Morena son aliados del PRI.

Que nadie se diga engañado después. Como en la fábula del sapo y el alacrán, la naturaleza de los dirigentes de los partidos se terminará imponiendo.

La del estribo…

  1. Pareciera que los principales interesados en que Pepe Yunes no alcance la candidatura son su propio equipo de trabajo. De manera falsa o indiscreta –las dos igual de graves- insisten en destaparlo y garantizar que la decisión, vía el dedazo, está tomada. Nadie escarmienta en cabeza ajena.
  2. Parafraseando a Carlos Lorenzana, Ricado Ahued irá aprendiendo una máxima en la política. Si quieres conocer tus virtudes, entonces muérete; si quieres conocer tus defectos, cambia de partido; si quieres conocer tu pasado, hazte candidato.
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