¿Y si todos fuéramos gays?

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• Rafael Pérez Cárdenas

Tranquilos. No se trata de hacer una apología de la diversidad sexual, de incitar a que la bufalada salga del clóset ni de provocar la contrariedad en la atribulada conciencia de la Iglesia. Lo importante es analizar el grado de organización social que este grupo de población ha logrado, así como el impacto que ha tenido en la sociedad mexicana y en el resto del mundo.

El domingo pasado se realizó en la capital del país la marcha del Orgullo Gay, como sucedió en muchas urbes del mundo. La ciudad de México, con su más de 20 millones de habitantes, se ha convertido en todo un referente en la Marcha del Orgullo Lésbico, Gay, Bisexual, Transgénero, Transexual e Intersexual (LGBTTTI), evento al que esta comunidad identifica como una fiesta del Gay Pride. Una vez más, rebasaron sus propias expectativas.

La marcha es un desfile que se desarrolla al estilo de un carnaval multicolor, con una gran cantidad de consignas en favor de la diversidad sexual, música, carros alegóricos, autobuses turísticos y decenas de personajes en performance. La marcha se inicia en el Ángel de la Independencia del Paseo de la Reforma y termina en el zócalo capitalino, con diferentes actividades culturales.

¿Pero qué tiene de especial? Pues resulta que en un mismo día, miles y miles de personas salen a la calle a reclamar y reivindicar sus derechos civiles, a enfrentar de manera organizada la discriminación y el racismo que poco a poco ha ido cediendo terreno. Lo destacable es que quienes participan de la marcha, no todos pertenecen a esta comunidad; son ciudadanos comunes, jóvenes y adultos, hombres y mujeres, que lo hacen como un gesto de solidaridad, como una muestra de tolerancia y apertura.

En México, como en el resto del mundo –en Canadá, por ejemplo, el propio primer ministro Justin Trudeau y su familia encabezaron la marcha-, la comunidad LGBTTTI se ha ido abriendo espacios a pasos agigantados. Han tenido la capacidad, la tenacidad y la inteligencia de influir en el cambio de leyes que reconocen sus derechos fundamentales, han abandonado la oscuridad para convertirse en un grupo de población dinámico y propositivo.

Y lo han hecho con valor. Tienen y defienden una ideología, aunque un sector de la población no la comparta. Han enfrentado a la iglesia –algo que hasta el más temerario de los políticos pensaría dos veces- y han forzado a que el gobierno los deje de considerar como un grupo invisible. Hoy, las Cámaras legislan sobre sus derechos –entre ellos el de la familia- y cada día tienen mayor representación en todos los sectores sociales y económicos del país.

No es mi propósito abonar al debate sobre cuestiones de la moral, la fe religiosa y el papel que ha jugado el gobierno en este desencuentro. Tampoco sobre los límites de los derechos de unos y otros.

Lo que quiero destacar en su altísimo nivel de organización. ¿Es posible que ningún otro grupo social sea capaz de salir a las calles y elevar sus demandan de tal forma que estas se conviertan en leyes efectivas y políticas públicas concretas? ¿Hay más miembros de la comunidad LGBTTTI que pobres en el país, que familias enlutadas por la violencia, que personas indignadas por la corrupción? Yo creo que no. Entonces, ¿por qué esta comunidad tiene mayor capacidad de organización? ¿Por qué ha logrado imponer su agenda? ¿Por qué tienen tal convocatoria entre los más diversos sectores sociales –incluidos muchos políticos, por supuesto-, al grado que trascienden fronteras?

De verdad, ¿sólo la comunidad LGBTTTI tiene demandas concretas? ¿Por qué ningún otro grupo social, lastimado por la violencia, la pobreza o el desempleo es capaz de movilizar conciencias y generar una solidaridad que mueva a un cambio de fondo en la sociedad y la política del país? ¿En qué consiste su organización y convocatoria: en liderazgos, en una afinidad ideológica, en su vínculo con otras organizaciones en el mundo? ¿Por qué ellos sí pueden salir a la calle y otros tantos preferimos quedarnos callados ante lo que sucede en el país?

De ahí el sugerente título: ¿qué pasaría si todos tuviéramos la capacidad de organización y convocatoria que mostró esta comunidad el domingo pasado? Seguramente el gobierno actuaría de otra forma, los partidos políticos modificarían su discurso y la sociedad no toleraría tal cantidad de escándalos por corrupción ni de violencia.

Según las reseñas de algunos medios, la marcha dominical reunió a poco más de 23 mil personas en la principal arteria de la capital del país. Esta cifra solo ha sido superada por la marcha nacional en contra de la inseguridad de junio de 2004, en la que más de  200 mil personas –la mayor concentración en la historia- exigieron al gobierno acciones concretas para detener los secuestros, asaltos, violencia, corrupción e impunidad.

Más de una década después, a pesar de las iniciativas impulsadas por cada Presidente, la situación es mucho más grave. Y si no, pregunten a los veracruzanos.

La del estribo…

  1. En cualquier otro momento, bajo las mismas circunstancias, ya se habrían ido a su casa el mandatario estatal, el secretario de seguridad pública y el fiscal del estado. Claro, con otro Presidente.
  2. Dicen que uno de los defectos de Américo Zúñiga es que no sabe sacar renta política a su obra pública. Si en lugar de remodelar la calle de Enríquez, hubiera decidido rehabilitar el acceso a la central de abastos y el registro civil –una vía tan necesaria para miles que viven en los fraccionamientos de la zona-, la tribuna le hubiera obsequiado aplausos y no rechiflas.
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